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Bogotá, retrato de una ciudad incandescente


Una ermita blanca preside la planicie que se extiende hasta más allá de lo que la mirada alcanza, como una telaraña tejida por una humanidad inmensa. Una virgen negra recibe a los creyentes entre dos banderas que, más allá del azul, comparten rojos y amarillos. Miles de abalorios se arreciman en los tenderetes de recuerdos, los puestos de comida golosa ofrecen sus productos humeantes y las parejas se fotografían bajo un cartel donde se anuncia: «Usted se encuentra a 3.200 metros sobre el nivel del mar». Pero el mar, allí, sólo es una quimera.
Bogotá aparece como una masa líquida que se disuelve en colores y sonidos, en olores y sensaciones esparcidas por un inmenso rectángulo, habitado por más de ocho millones de seres, anónimos y desiguales, como en toda la constelación de urbes esparcidas por el continente americano. Esta metrópoli surge en el centro de una triangulación producida por el encuentro, quizás no tan casual, del barroco europeo, de antiguas civilizaciones indígenas y de un país fértil, mucho más cerca del cielo que de la tierra. Tal vez por eso los árboles parecen crecer despegados completamente de los cánones e incluso de sus raíces y se alzan en forma de palos de cucaña, untados de hojas que intentan explicar todo el debe y el haber de una naturaleza exuberante.
La vida se encarama por las colinas, casas como cajas desordenadas, apiladas. Los cables se cruzan impúdicamente entre los tejados y las calles. Infinitos kilómetros de hilos telefónicos por donde corren las voces, los sonidos susurrantes de los colombianos y también el material globalizado que restalla finalmente en las pantallas de los ordenadores. Pájaros cenicientos descansan a veces entre ese pentagrama infinito.
Las calles están numeradas y los taxistas las cuentan, con insistencia amarilla, a medida que avanzan por el tumulto de vehículos humeantes. Unas montañas sombrías asedian la urbe a lo lejos. Encima de ellas, un cielo plomizo se interpone a menudo ante el sol que, si por su gusto bravío fuera, incendiaría a diario las azoteas frágiles de las casas.
Son mil caminos, mil encrucijadas, habitadas por gente que camina con la mirada puesta en un futuro que nunca acaba por llegar del todo. Bogotá vive en un presente congelado en el humo de los camiones y de los autobuses, y en el alma retorcida de todos sus muros.
Las paredes hablan en todos los lenguajes posibles, con palabras de neón, a través de pasquines locuaces o de grafitos. Las horas imperturbables de la luz del trópico iluminan estos mundos que se hacen y se deshacen ante los transeúntes, y de la gente que espera, y de los que llegan o se van, y de los que permanecen más arraigados al cemento y a la tierra, que los árboles y las farolas.  
Supongo –y suponer es mucho, pero a los viajeros sólo nos está permitido suponer–, supongo que Bogotá vive su existencia normal, su trajín diario, más normal incluso que la vida europea, sujeta al cambio permanente de las estaciones. Las nubes nacen de las montañas y se amasan en el cielo como tortas de arepa y descargan una lluvia suave que se mezcla con el ambiente cargado por el trancón, la congestión eterna y creciente de las avenidas principales de la ciudad.
Las cometas vuelan en los atardeceres de agosto y se enredan como telarañas entre las nubes más bajas. Los niños se las miran con ojos anhelantes, hasta que se enredan en las techumbres carcomidas por la hiedra o entre los cables que cuelgan a través de los muros. La vida bulle discretamente en los mercados, entre las frutas de todos los colores y las formas, y en medio de olores de desinfectante que flotan inesperadamente en los rincones.
Una fuente descarga permanentemente su sabiduría devenida en agua, en el patio de una antigua prisión hoy reconvertida en museo. Niños de ojos marrones recorren los pasillos, y mujeres y hombres, de gesto pausado, contemplan las salas decoradas con los tesoros que la nación guarda para los suyos y para los turistas. En el sótano quizás aún ladran los perros salvajes de la historia.
Una plaza alfombrada de palabras acoge a los cuenteros que explican historias de una Bogotá que fue y ya no es, ahogada entre el humo de la contaminación y de una humanidad agobiada por el viento atroz de una historia sembrada de injusticias.
En un cementerio partido en dos por la navaja del urbanismo, yacen los próceres, los presidentes, los artistas y una multitud de cuerpos anónimos. Ante la puerta, y bajo la mirada lluviosa de los visitantes, un ángel de piedra vigila que el orden entre la vida y la muerte prevalezca para siempre entre esos muros. Detrás del cementerio se esparcen las tristes calles de un barrio habitado por gente más anónima, más oscura. Ningún ángel lo sobrevuela. Sólo las nubes, a veces, dejan caer sobre la mugre susurrantes lágrimas de impotencia. 
Pero Bogotá crece y se reproduce continuamente. Las grúas se alzan donde antes fue páramo y los edificios surgen entre la ávida ambición del catastro. Los obreros descansan en sus horas de asueto, con el casco ladeado y los ojos cerrados, sobre la hierba que aun crece en los arcenes, acaso pensando que algún día sus hijos, o los hijos de sus hijos, tendrán la oportunidad de vivir por encima de su estrato. Colombia crece y se expande como un universo joven, deberá pagar aun más por ello; pero, mientras tanto, las banderas ondean en el viento con el orgullo de un gran galeón que, por fin, ha encontrado el golpe de viento que ha de empujarlo definitivamente hacia la senda que emprendieron las grandes naciones del mundo, o hacia eso que los mal informados llaman destino.
De noche, bajo el ala del avión, la ciudad parece una gran alfombra dorada, incandescente, iluminada por millones de luces anónimas, inquietantes. El trancón quedó difuminado por el velo oscuro de las sombras y las casas que crecen en la falda de las colinas no parecen diferentes del resto. Pronto todo desaparecerá en las tinieblas, sólo continuará tiritando en mis oídos el leve aplauso de la lluvia y el recuerdo de Bogotá quedará atrás, probablemente como muchos otros recuerdos. Más allá me espera el verano inclemente de Cataluña.

Quim Curbet
Girona, agosto de 2012

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