divendres 31 d’agost de 2012

Bogotá, retrato de una ciudad incandescente


Una ermita blanca preside la planicie que se extiende hasta más allá de lo que la mirada alcanza, como una telaraña tejida por una humanidad inmensa. Una virgen negra recibe a los creyentes entre dos banderas que, más allá del azul, comparten rojos y amarillos. Miles de abalorios se arreciman en los tenderetes de recuerdos, los puestos de comida golosa ofrecen sus productos humeantes y las parejas se fotografían bajo un cartel donde se anuncia: «Usted se encuentra a 3.200 metros sobre el nivel del mar». Pero el mar, allí, sólo es una quimera.
Bogotá aparece como una masa líquida que se disuelve en colores y sonidos, en olores y sensaciones esparcidas por un inmenso rectángulo, habitado por más de ocho millones de seres, anónimos y desiguales, como en toda la constelación de urbes esparcidas por el continente americano. Esta metrópoli surge en el centro de una triangulación producida por el encuentro, quizás no tan casual, del barroco europeo, de antiguas civilizaciones indígenas y de un país fértil, mucho más cerca del cielo que de la tierra. Tal vez por eso los árboles parecen crecer despegados completamente de los cánones e incluso de sus raíces y se alzan en forma de palos de cucaña, untados de hojas que intentan explicar todo el debe y el haber de una naturaleza exuberante.
La vida se encarama por las colinas, casas como cajas desordenadas, apiladas. Los cables se cruzan impúdicamente entre los tejados y las calles. Infinitos kilómetros de hilos telefónicos por donde corren las voces, los sonidos susurrantes de los colombianos y también el material globalizado que restalla finalmente en las pantallas de los ordenadores. Pájaros cenicientos descansan a veces entre ese pentagrama infinito.
Las calles están numeradas y los taxistas las cuentan, con insistencia amarilla, a medida que avanzan por el tumulto de vehículos humeantes. Unas montañas sombrías asedian la urbe a lo lejos. Encima de ellas, un cielo plomizo se interpone a menudo ante el sol que, si por su gusto bravío fuera, incendiaría a diario las azoteas frágiles de las casas.
Son mil caminos, mil encrucijadas, habitadas por gente que camina con la mirada puesta en un futuro que nunca acaba por llegar del todo. Bogotá vive en un presente congelado en el humo de los camiones y de los autobuses, y en el alma retorcida de todos sus muros.
Las paredes hablan en todos los lenguajes posibles, con palabras de neón, a través de pasquines locuaces o de grafitos. Las horas imperturbables de la luz del trópico iluminan estos mundos que se hacen y se deshacen ante los transeúntes, y de la gente que espera, y de los que llegan o se van, y de los que permanecen más arraigados al cemento y a la tierra, que los árboles y las farolas.  
Supongo –y suponer es mucho, pero a los viajeros sólo nos está permitido suponer–, supongo que Bogotá vive su existencia normal, su trajín diario, más normal incluso que la vida europea, sujeta al cambio permanente de las estaciones. Las nubes nacen de las montañas y se amasan en el cielo como tortas de arepa y descargan una lluvia suave que se mezcla con el ambiente cargado por el trancón, la congestión eterna y creciente de las avenidas principales de la ciudad.
Las cometas vuelan en los atardeceres de agosto y se enredan como telarañas entre las nubes más bajas. Los niños se las miran con ojos anhelantes, hasta que se enredan en las techumbres carcomidas por la hiedra o entre los cables que cuelgan a través de los muros. La vida bulle discretamente en los mercados, entre las frutas de todos los colores y las formas, y en medio de olores de desinfectante que flotan inesperadamente en los rincones.
Una fuente descarga permanentemente su sabiduría devenida en agua, en el patio de una antigua prisión hoy reconvertida en museo. Niños de ojos marrones recorren los pasillos, y mujeres y hombres, de gesto pausado, contemplan las salas decoradas con los tesoros que la nación guarda para los suyos y para los turistas. En el sótano quizás aún ladran los perros salvajes de la historia.
Una plaza alfombrada de palabras acoge a los cuenteros que explican historias de una Bogotá que fue y ya no es, ahogada entre el humo de la contaminación y de una humanidad agobiada por el viento atroz de una historia sembrada de injusticias.
En un cementerio partido en dos por la navaja del urbanismo, yacen los próceres, los presidentes, los artistas y una multitud de cuerpos anónimos. Ante la puerta, y bajo la mirada lluviosa de los visitantes, un ángel de piedra vigila que el orden entre la vida y la muerte prevalezca para siempre entre esos muros. Detrás del cementerio se esparcen las tristes calles de un barrio habitado por gente más anónima, más oscura. Ningún ángel lo sobrevuela. Sólo las nubes, a veces, dejan caer sobre la mugre susurrantes lágrimas de impotencia. 
Pero Bogotá crece y se reproduce continuamente. Las grúas se alzan donde antes fue páramo y los edificios surgen entre la ávida ambición del catastro. Los obreros descansan en sus horas de asueto, con el casco ladeado y los ojos cerrados, sobre la hierba que aun crece en los arcenes, acaso pensando que algún día sus hijos, o los hijos de sus hijos, tendrán la oportunidad de vivir por encima de su estrato. Colombia crece y se expande como un universo joven, deberá pagar aun más por ello; pero, mientras tanto, las banderas ondean en el viento con el orgullo de un gran galeón que, por fin, ha encontrado el golpe de viento que ha de empujarlo definitivamente hacia la senda que emprendieron las grandes naciones del mundo, o hacia eso que los mal informados llaman destino.
De noche, bajo el ala del avión, la ciudad parece una gran alfombra dorada, incandescente, iluminada por millones de luces anónimas, inquietantes. El trancón quedó difuminado por el velo oscuro de las sombras y las casas que crecen en la falda de las colinas no parecen diferentes del resto. Pronto todo desaparecerá en las tinieblas, sólo continuará tiritando en mis oídos el leve aplauso de la lluvia y el recuerdo de Bogotá quedará atrás, probablemente como muchos otros recuerdos. Más allá me espera el verano inclemente de Cataluña.

Quim Curbet
Girona, agosto de 2012

dimecres 29 d’agost de 2012

Els fonamentalistes


Catalunya és un país petit, situat en un raconet d’aquest món globalitzat on ens ha tocat viure. Els seus orígens es perden en la foscor dels temps, més enllà del que ens explica la història, però Catalunya, com a tal, comença en la reconquesta, no cal que insisteixi, vostès ja ho saben prou bé. L’esperit històric de Catalunya començà, tal vegada, entre els murs d’un castell, fa més de mil anys.
He dit d’un castell, perquè si d’una església romànica es tractés, a hores d’ara encara estaríem parlant en llatí. Probablement, i només a partir d’aquesta observació empírica, podríem dir que Catalunya sorgeix com a nació gràcies al laïcisme, més que per la seva vocació religiosa. Els laics, o sigui, els que formem part del poble i no del clericat, som els veritables dipositaris d’aquest esperit.
Catalunya és, i serà, si sap continuar distingint clarament les fronteres, que alguns veuen borroses, entre el fet religiós i tot allò que no ho és. Les fronteres de la religió dominant i de les altres religions que sempre han existit o que ens arriben a mesura que el món és dilueix entre el fum dels vols intercontinentals i els esquitxos de les pasteres carregades de carn humana.
Voler etiquetar de «fonamentalisme laic» els que pensen com jo és un error, i no només per voler veure la palla a l’ull de l’altre; titllar precisament de fonamentalistes els laics i els agnòstics, quan l’Església catòlica no vol apartar-se ni un mil·límetre del dogma, és gairebé una indecència. Per construir la Catalunya del futur no hem de renunciar a res, ni a la part que ens pertany de tradició judeocristiana, només faltaria, simplement hem de saber posar-ho al lloc que li pertoca, un lloc que l’Església catòlica no ha sabut trobar mai i que –com en aquell joc infantil– potser al final trobarà ocupat per un altre.

dilluns 27 d’agost de 2012

El retorn


L’estiu continua rodant implacablement pels viaranys que condueixen al pas inevitable d’agost a setembre. El govern i les notícies han estat uns dies de vacances i els diaris s’han engreixat amb les imbecil·litats de sempre. Però ara comença a volar entre nosaltres alguna cosa més dura, gairebé sòlida, que va esgarrapant el tel de morbidesa que s’ha anat teixint durant la canícula.
L’inici de la lliga de futbol professional posa un primer punt de normalitat en l’ambient i els rostres dels jugadors més preuats sorgeixen com per encanteri en la pantalla del televisor, amb la morenor feixugament obtinguda en clubs privats i iots de luxe. Els comentaris usuals sobre la «tardor calenta» van davallant ràpidament entre les columnes d’opinió dels diaris més seriosos i les seccions d’economia comencen a treure la poteta entre les acolorides pàgines de les notícies de piscina i de platja.
La realitat pura i dura va alçant-se com grans núvols obscurs darrere de la carena i en qualsevol moment pot caure de nou la pedregada de la crisi. Ja falta poc per tornar a sentir la cantarella inesgotable dels polítics més encorbatats, les justificacions injustificables dels més que presumptes delinqüents i el so desafinat dels que només saben cantar Els Segadors quan la palla ja està segada i al paller.
Un dilluns d’aquests ens llevarem i, de sobte, l’agenda ens xuclarà cap a un pou insondable: les escoles obriran les seves portes, els carrers s’ompliran d’automòbils neguitosos, les trompetes de l’apocalipsi quotidià brunziran amb el to brunyit de les lletanies i tot tornarà a la normalitat. Així és la vida, i així és el nostre país. Oh estiu! Perdona tot allò que cremem inútilment en l’ara de la teva escalfor.

dimecres 22 d’agost de 2012

Viatjar


Viatjar és allunyar-se d’un mateix, és una mena d’intent de fugida. Però és evident que no ens podem escapar mai del nostre Jo, de la mateixa manera que som esclaus del present i de la nostra ombra. Tot allò que ens rodeja queda sovint enfangat a causa de la pluja constant de la quotidianitat i, sobretot, quan arriben temps de vacances, intentem allunyar-nos el més possible del nostre paisatge habitual, amb aquella excusa tan suada de «carregar piles».
Tinc un amic que té una teoria, diu que són necessaris com a mínim quatre-cents quilòmetres de distància per a començar a escindir-te, encara que sigui temporalment, de la pròpia, avorrida i rutinària realitat. O sigui, has de viatjar a un altre país, amb una cultura diferent i una llengua que no sigui la teva, per adonar-te que aquest món és alguna cosa més que els quatre pèls recargolats que envolten el melic.
Viatjar és viure, això ho ha sabut des de sempre la humanitat. Tots els grans estats europeus, i també els d’Amèrica, són deutors d’altres pobles, de civilitzacions viatgeres que en un moment donat van haver de buscar sort més enllà de les terres aspres on els havia tocat néixer. L’altre concepte, el del turisme, evidentment és més modern, però, sobretot en època estival, es mouen tantes persones com en les èpoques de les grans migracions indoeuropees.
Viatjar és una idea que ha quedat gravada en l’inconscient col·lectiu. Tots naixem amb l’obligació moral de matar al sedentari que portem a dins, encara que sigui a cops de bitllet de Ryannair o afogat amb els efluvis de la gasolina de l’utilitari. Malgrat la crisi o a causa d’ella, cada vegada ens veurem més obligats a viatjar. Serà millor, doncs, que anem acostumant al nostre Jo a anar de viatge.

dissabte 18 d’agost de 2012

Carrer de les Hortes


Totes les ciutats, amb relació a la seva grandària, tenen grans carrers i places, amb identitat molt definida i un renom que sovint va més enllà dels seus límits. Per exemple: si parlem del passeig de Gràcia o de la Diagonal, tothom sap situar-ho immediatament al mapa, són els protagonistes d’un entramat urbà, d’una òpera quotidiana que es desenvolupa amb esbalaïdora regularitat.
Però també n’hi ha d’altres de secundaris, passatges petits però amb molta personalitat, que són els que acaben conformant la gran xarxa urbana, o d’altres que tenen el mèrit afegit d’haver protagonitzat grans fets de la història o de la literatura. Tothom sap situar en el seu imaginari personal la plaça del Diamant o el carrer Estret. Són secundaris amb personatge pròpi, que acaben d’omplir el cartell de la pel·lícula ciutadana.
Una d’aquestes artèries, a Girona, és el carrer de les Hortes. Tal com ho descriu perfectament els seu nom, fa un segle només era un entramat de camps de cultiu en el recinte de la ciutat medieval, a la riba esquerra de l’Onyar, entre el convent de santa Clara i l’església del Mercadal. Unes bombes caigudes d’avions italians al final de la Guerra Civil van ajudar a redibuixar el carrer amb la forma que té actualment.
Però, probablement, el toc de gràcia definitiu li fou donat per un grup de vint-i-dos gironins que, a finals dels anys setanta, van obrir una llibreria al número vint-i-dos del citat carrer. Des d’aleshores aquesta travessia ha anat agafant una aire especial, que el vianant agraeix. Bona part de la vida cultural de la ciutat gira d’alguna manera al seu entorn i ha esdevingut un punt de trobada obligatori. Totes les ciutats tenen carrers com aquest i Girona ja no seria el que és sense el carrer de les Hortes.

dimecres 15 d’agost de 2012

Sants


En aquest país nostre, durant segles hem tingut la mania de voler-ho santificar tot. Cada poble, cada casa, cada carrer, cada accident del terreny, tot ha estat batejat amb el nom d’un sant, un d’aquells senyors barbuts –o de senyores no menys barbudes– que feien miracles abans o després de ser esquarterats, o cremats, o ves a saber tu, pels diligents centurions romans.
De sants, encara que n’hi ha un fotimer, nosaltres només n’utilitzem un parell de dotzenes, produint amb les reiteracions confusions inevitables i amb els additaments necessaris, un excés de longitud evident en els topònims. Abans pel que sembla la llargada no importava: amb un rètol de qualsevol manera a l’entrada del municipi i un altre a la paret de les casilles dels peons caminers n’hi havia prou i de sobres.
Però ara a les carreteres hi proliferen els indicadors, això sí, abreviats: «Sta Coloma de F», «St Feliu de G», «St Joan de les A»... S’ha fet avinent que o bé els noms són massa llargs o els rètols massa curts i arribats a aquest punt de la història o allarguem els rètols o escurcem els noms, una de les dues coses ha de canviar ràpidament si no volem arribar al col·lapse o que el nostre país es faci definitivament inintel·ligible.
A Catalunya tenim més de cent termes municipals amb el coi de sant al nom, 28 dels quals són a les comarques gironines. La meva opció, evidentment, seria esborrar-los d’entrada on aquests siguin un additament superflu: Farners, Guíxols, Pallerols, Segúries, Sescebes, Buixalleu, Desvalls, Ramis... oi que ens entenem? Doncs per què ho hem de fer tant complicat? Que les esglésies es denominin com vulguin, però els pobles haurien de simplificar la seva denominació, tots hi sortiríem guanyant.

dissabte 11 d’agost de 2012

Inde... independència


Els he de confessar que ens aquests darrers temps jo també m’he deixat convèncer pel cuc de l’independentisme. Quan et trobes al mig d’una multitud, la majoria dels quals són coneguts, amics, companys o fins i tot familiars, es fa molt difícil continuar caminant en direcció contrària. Fins i tot diria que és de suïcides i, per ara, no és el meu cas.
Després d’haver-ho meditat profundament, puc dir que, si resulta que la independència és una solució real als problemes de caire econòmic, social i cultural que pateix el nostre país, aleshores ja no puc sentir-me altra cosa que independentista. Però el problema és que segueixo sense estar segur que aquest, per si sol, sigui el remei que necessita el nostre país. D’entrada em veig contínuament citant aquest eufemisme de «el nostre país», per no haver de dir el Principat de Catalunya. O és que quan parlem d’independència també ens referim al País Valencià, a les Illes, a la Franja de Ponent i a la Catalunya Nord?
Però, sobretot, el que em remou contínuament les tripes i la consciència és veure casos d’individus que s’emboliquen sistemàticament amb la senyera, o amb l’estelada, per amagar vergonyes –casos de corrupció flagrant, il·legalitats evidents, etc.– de propis o d’aliens. Aleshores és quan el meu nivell d’independentisme en sang torna a baixar perillosament i torno a veure com la bandada de búfals –o de burros?– torna a trotar perillosament en direcció contrària.
Independència? Sí, però no a qualsevol preu, ni de qualsevol manera. No estic disposat a empassar-me cap cuc, encara que me’l vulguin vendre confitat amb sucre candi al fons d’una ampolla de ratafia. Un cuc sempre és un cuc i, per ara, tampoc penso canviar de dieta.

dimecres 8 d’agost de 2012

Les olimpíades de la crisi


Si les olimpíades coincidissin amb els cicles vitals de la societat, aquests haurien de ser els jocs de la crisi. De fet ho són ja des de molts aspectes, només cal veure els magres resultats dels atletes espanyols o el xandall oficial de la delegació hispana, que sembla comprat en una botiga de tot a 1 euro.
Si les olimpíades han de reflectir l’estat de la societat actual, potser seria millor que adaptéssim proves a l’època en què ens ha tocat viure. Es podrien organitzar curses de defraudadors fiscals i d’evasors de capitals, concursos de polítics mentiders i de governants demagogs, i tota mena de competicions de corrupció, en les quals els nostres atletes destacarien molt per sobre de la mitjana. És el que tenen les crisis, que accentuen la capacitat de reacció i tothom s’espavila al màxim. Segur que si es fes tot això el nostre país ocuparia ràpidament les més altes posicions del palmarès olímpic.
I després de les olimpíades normals vindrien els jocs paralímpics, en els quals podrien intervenir tots els que d’alguna manera ja estiguin tocats irreversiblement per la crisi. Es podrien organitzar competicions per veure qui arriba abans al CAP per agafar tanda a la cua de les receptes, es podrien fer curses d’obstacles en les principals carreteres del país o de llançament d’escopinades a les portes d’algunes destacades entitats financeres.
Ja veuen, això de les olimpíades dóna per molt, només és qüestió de posar-hi imaginació. Pierre de Coubertin, el fundador dels Jocs Olímpics de l’era moderna, deia que «l’important és participar», però en aquests jocs de la crisi hauríem de dir que «l’important és sobreviure» o, en un suposat ja més concret «l’important és arribar a final de mes».

dissabte 4 d’agost de 2012

Aplaudir

El Gran Diccionari de la Llengua Catalana diu que «aplaudir» és demostrar a algú l’aprovació, l’entusiasme, batent les mans. Aplaudir és un gest que es practica sovint per educació o per una mena de convenció social quan assisteixes a un acte públic, al qual t’han convidat sovint amb la promesa d’un final feliç, amb canapès i copa de cava. No aplaudir és fer un lleig i, a més, després et demanaran explicacions, en canvi el fet d’aplaudir les estalvia. «Bravo, bravo!» i a menjar tants canapès com et puguis posar a la boca.
Moltes vegades el gran mèrit de l’orador consisteix simplement a saber puntuar, o sigui: saber deixar clar quan se suposa que l’auditori ha d’aplaudir. No hi ha res que espatlli més un bon discurs que aquell silenci incòmode que es produeix entre el final de la peroració i el primer tímid aplaudiment de l’incondicional de torn. Fins i tot els cambrers s’interroguen amb la mirada, com volent dir: «Posem o els canapès o no?»
L’altre dia, en un article a «El Mundo», un exsenador del PP confessava que una vegada el president del seu grup parlamentari, amb cara evident de preocupació, el va agafar del braç per dir-li: «Que te pasa Jesús? –el tal senador es deia Jesús– veo que aplaudes poco...». Evidentment aquí la cosa era greu, perquè en àmbits com aquest, si no aplaudeixes tot el que suposa que has d’aplaudir, no només et quedes sense canapès, el càstig pot ser pitjor. Tothom sap que un senador cobra bàsicament per aplaudir.
Això és, més o menys, amb el que s’ha trobat l’Ernest Maragall aquests dies al Parlament de Catalunya, però ell, a més de no aplaudir també va votar en contra de les consignes del grup i això ja és un pecat mortal... Un parlamentari no només ha d’aplaudir, sinó que també ha prémer el botó que li exigeix el seu cap de files. Podrien canviar els parlamentaris per robots aplaudidors, ens estalviaríem diners, temps i maldecaps.

dimecres 1 d’agost de 2012

Triangle de foc


En el món procel·lós de la política, i probablement també en la vida real, dir la veritat sempre té els seus costos. L’altre dia, mentre el triangle de foc de l’Alt Empordà encara estava roent, l’alcalde de Figueres i diputat al Parlament de Catalunya per CiU Santi Vila, va deixar anar unes quantes veritats que li han costat un munt de crítiques, sobretot provinents d’alcaldes del seu propi partit.
 Venia a dir que potser s’hauria de replantejar el model econòmic en què es basa precisament l’àrea en la qual el foc s’havia estès. De fet, ara que ho diu el senyor Vila, en aquell moment, aquest desastre semblava un flagell diví, com una mena de llamp baixat del cel per a castigar una zona del nostre país que, directament o indirecta, fonamenta la seva manera de viure a l’entorn de l’alcohol, el tabac i la prostitució.
Tothom sap que de La Jonquera a Figueres s’estén en forma de triangle aquesta mena de «Las Vegas salvatge» o «El Paso amb barretina» on sembla que tot el que és «legal» automàticament passa a ser vàlid. No seré pas jo qui critiqui la legalitat d’aquests negocis altempordanesos, però això no significa que siguin moralment recomanables. A l’Alt Empordà fa massa temps que es juga amb foc i ja és hora de parlar-ne.
 El senyor Santi Vila ha posat el dit a la nafra i la ferida sembla que cou. Haurem de plantar arbres, refer masos i granges, i haurem de lluitar també contra la desertització, però si no ens plantegem canviar també aquest model econòmic evidentment corrupte, l’esforç serà en va. El nostre país no és només una terra, un paisatge, una llengua, una cultura, són també uns valors en els quals ens hem de refermar. Que no busquin més burilles, la metxa està encesa des de fa molt de temps.